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viernes, 8 de octubre de 2010

El "Papamoscas" en la Catedral VIP de Burgos. "En boca cerrada no entran moscas"



El Papamoscas es un autómata de la catedral de Burgos que todas las horas en punto abre la boca al tiempo que mueve su brazo derecho para accionar el badajo de una campana.
El Papamoscas está situado en lo alto de la nave mayor, en el ventanal sobre el triforio, en el primer tramo de los pies de la basílica. Se trata de una figura de medio cuerpo que se asoma sobre la esfera de un reloj. Viste de encarnado, los rasgos de su rostro son mefistofélicos y muestra una partitura en su mano derecha. Con esta misma mano empuña la cadena del badajo de una campana. Cada hora en punto se acciona un mecanismo que mueve el brazo que provoca los campanazos. La mejor hora para ver en marcha al autómata es, lógicamente, las doce del mediodía, cuando da doce golpes y abre y cierra doce veces la boca.
Está documentada la presencia de relojes en la catedral desde la época medieval. La imagen actual data del siglo XVIII, cuando se sustituyó al viejo autómata del siglo XVI.



El reloj que lo contenía y que sigue sobre una de las puertas de la catedral dejó de cumplir su papel hace mucho tiempo, pero la figura del Papamoscas abriendo desmesuradamente la boca cuando suenan las horas sigue presente en el recinto del templo, pero sin que se escuche el grito estridente que lanzaba al mismo tiempo, provocando la burla, dicen que irreverente, de quienes acudían a contemplarlo. Nadie sabe cómo vino a parar allí aquella figura chusca, seguramente procedente de algún taller de relojeros venecianos, pero los burgaleses se las ingeniaron para crearle una historia que forma parte desde hace mucho de la imaginación popular castellana.


Se dice que es obra encargada por el rey Enrique III el Doliente, que tenía por costumbre acudir a rezar devotamente todos los días a la seo burgalesa. Un día, sin embargo, sus devociones se vieron distraídas por la presencia de una hermosa muchacha que entró silenciosamente en el templo y se puso a rezar ante la tumba de Fernán González. El rey la siguió al salir hasta verla entrar en su casa y, a lo largo de muchos días, la misma escena se repitió sin variaciones, porque el monarca se sentía demasiado tímido para intentar siquiera entrar en conversación con la joven.
Hasta que un día, sin que hubiera mediado palabra durante mese enteros, la desconocida beldad dejó caer un pañuelo al paso del rey. Éste lo recogió devotamente y, acercándose a ella, le entregó el suyo en silencio, sin que mediaran palabra en ese encuentro, sino una dulce sonrisa apenas esbozada. Sólo, después de desaparecer más allá de la puerta, oyó el rey un doloroso lamento que se le clavó en la memoria sin poder ya desterrarlo. Lo cierto fue que, a partir de entonces, la muchacha nunca volvió a aparecer por la catedral, a pesar de que el monarca pasó horas y días enteros esperándola y buscándola por todos los rincones del templo. Y cuando trató de saber algo de ella, le confirmaron que en la casa donde le había visto entrar todos los días hacía muchos años no vivía nadie, porque todos sus habitantes fallecieron víctimas de la peste negra.
Deseando retener de aquella visión algo en su memoria, encargo al artífice que fabricara un reloj para la catedral que reprodujera sus rasgos en una figura que además, lanzase al sonar las horas un gemido como el que él había escuchado y no podía arrancar de su recuerdo. Desgraciadamente, el artífice, morisco por más señas, no logró siquiera aproximarse a la belleza que le había descrito el monarca. Y, a la hora de reproducir su lamento, sólo logró que el muñeco lanzase un graznido que fue el que muchos años después obligó a aquel obispo a hacerlo enmudecer.



Este muñeco es muy célebre y aparece en numerosas obras, especialmente en los diarios de viajes o las memorias de los viajeros que visitaban Burgos. Entre otros autores, hablan del Papamoscas Edmundo de Amicis, Victor Hugo, o Benito Pérez Galdós, quien declaró su predilección por este autómata:
"No me avergüenzo de decir que jamás, en mis frecuentes visitas, perdí el encanto inocente de ver funcionar el infantil artificio del Papamoscas" Benito PÉREZ GALDÓS


Galdós lo cita además en sus novelas Napoleón en Chamartín y Fortunata y Jacinta. Otras alusiones literarias aparecen en las memorias de María Cruz Ebro o de Paul Naschy, en los cuentos de Ignacio Galaz o en la comedia Contigo, pan y cebolla de Manuel Eduardo de Gorostiza.