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sábado, 21 de enero de 2012

MARTIN CREED, VIP?

MARTIN CREED: EL MAGO Y LA NADA


MARTIN CREED: THINGS
SALA ALCALÁ 31: hasta 26 de febrero

Un corredor en un museo corre ‘como si la vida le fuese en ello’ durante 30 segundos y descansa durante otros 30: “la gran cosa de la Obra No. 850 es que es gloriosamente inútil, una explosión repetida de vitalidad [...] Todo tiene un contexto. Los corredores de Creed dejan un torbellino a su paso, en nuestras cabezas y en el espacio. Este es un gesto electrizante, simple y enormemente satisfactorio”. Como la verdad es la verdad, lo diga Agamenón o su porquero, y dado que hoy es fiesta en mi corazón, voy a empezar este texto como empiezan los grandes popes de la ingeniería de opinión: no creo que mis 10 o 12 lectores se molesten si convengo en decir que esta muestra del artista escocés Martin Creed es de una insustancialidad casi insultante, de una pedante nimiedad, de un gesto de máxima puerilidad.
Y lo decimos, para dejar constancia de nuestra “valentía” después de apuntar las palabras de Adrian Searle, sempiterno crítico del The Guardian. ¿Gran cosa?, ¿gesto electrizante? Debemos estar en las antípodas, porque seguir queriendo ver en la ‘inutilidad’ un gesto grandilocuente y fastuoso capaz de redimir todos los pecados del mundo, no es que sea una insobornable memez, sino que raya en lo delictivo.
Aún así, y como dicta nuestra labor, intuimos lo que pasa: en la deflagración ideológica de las últimas décadas, sumidos en la hecatombe de lo relativo, el arte es capaz de rizar el rizo sobre sí mismo y plantarse con dos bemoles ante su propia historia para seguir tirando de negatividad hasta que la cuerda se rompa. Así, en el límite de esta absurdez dos estrategias han venido a sumarse para dar por válido una formulación endémica e hiperadelgazada de los primados teóricos de toda la Estética: si Duchamp metió un urinario en un museo, yo ya puedo meter cualquier cosa –es decir, el objet-trouvée reciclado al espasmo de lo aciago-, y dado que lo postconceptual es nuestro sino, remitir ese ready-made a la lógica de lo mínimo. Así, de manera tan pueril, se logra esconder la trampa en lo más profundo: dejándola a la simple vista.


Como en el texto de Baudelaire La moneda falsa, la treta más perfecta es aquella que sucede ante los ojos. No es que ya no haya nada que ver, no es que no nos hayamos dado cuenta de que bajo las apariencias no hay nada, sino que más bien el remitirnos a la sospecha es un ejercicio crítico cauterizado hace ya décadas.
Si Kant hizo remitir al desinterés la formación de una esfera pública y autónoma donde pudieran caber los intereses de todos, si Rancière cifra la característica fundamental del actual régimen estético del arte en una desconexión en la lógica de las causalidades, la trampa es hacer de esta situación un campo abonado para todo lo que huela a ‘inconsciencia’ o ‘banalidad’. No es por otra cosa que para Creed solo haya una cosa clara: una buena obra parte de lo banal.
Luego, a partir de ahí, la mecánica es tan fácil que asusta: poner ante los ojos la puerilidad de sus discursos para que nada se sospeche, para que nada quede atemorizado en el interior capaz de suscitar inquietud alguna. Alegatos como uno que he podido leer que cifran su arte como “una metáfora de la capacidad de sacar arte de la nada” no es que sean atrofias discursivas, sino que atentan contra lo más axiomático de la producción artística contemporánea.
Creed juega a que existe aún algo tras las apariencias que él es capaz de hacer aparecer a base de inconsciencia y espíritu espontáneo y creativo para, inmediatamente después, darnos a ver una nadería insustancial, una recreación idiota de las cosas que nos rodean. Querer ver en este nihilismo fantasmagórico una metáfora precisa de nuestro día a día es muy respetable, pero poco o nada tiene que ver eso con lo que se demanda, teórica y prácticamente, al arte. Que nuestro mundo esté desquiciado, que haga gala de un aplanamiento global, no es óbice para que el artista de turno nos lo reproduzca sin ningún otor ánimo que al mera constatación de un hecho.


No obstante, y sin pretender cambiar una solo coma de lo hasta aquí dicho, es cierto que este artista da al arte precisamente aquello que éste le pide. Y me explico: como se puede rastrear en este blog, nuestras posiciones pecan quizá de algo de metafísicas e idealista, viendo en la historia del concepto de arte el ámbito propio de darse el triunfo metafísico de la técnica. Así, toda insinuación de resistencia o negatividad –el que tan solo se sepa que existan dichas posiciones- viene contrarrestado por el acomodo del propio arte a los mundos estetizados y estratégicamente desconectados de cualquier postulación o atisbo de reconfiguración política.
Si como Sloterdijk –en una reestructuración un tanto simplona de toda la estética idealista- dijo una vez, si el arte ha de permanecer replegado sobre sí mismo, es porque espera pase la tormenta y enfrentarse ya por fin a su destinación. Así, en pocas palabras, este aturdimiento de las estrategias artísticas, este aplauso consensuado a lo banal, forma parte –quizá incluso de forma privilegiada- de una historia del arte que está, en consonancia con la comunidad a la que apunta, por-venir.
El que el arte tenga que pasar por esto, el que las formas de su producción queden circunscritas al mundo propagandístico de la soflama del ‘young british artist’, es algo que no ha de preocuparnos lo más mínimo; el que el arte tenga entre sus ‘elegidos’ a artistas que siguen dando cancha al reino de la intuición y la expresividad es solo una afrenta quizá necesaria para que, por otra parte, el arte tenga aún visos de hallar resistencia.