Translate

miércoles, 4 de abril de 2012

Ballets Russes de Diaghilev

Ballets Russes de Diaghilev
Sin duda una de las corrientes que más ha influido en la cultura occidental europea durante las primeras décadas del siglo XX es lo que denominamos Orientalismo.
Cuando nos referimos a esta corriente estamos haciendo mención a todo aquello que proviene de Oriente y por tanto debemos acotar, al menos geográficamente, cuales son los límites y las procedencias de este término. No es lo mismo el Japonismo y su influencia en las artes occidentales que la cultura de los países árabes del norte de África y Oriente Medio.
Después de la publicación Orientalismo de Edward Said es más fácil centrar este concepto. Said dice que Oriente no es solo el vecino inmediato de Europa “…es también la región en la que Europa ha creado sus colonias más grandes, ricas y antiguas, es la fuente de sus civilizaciones y sus lenguas, su contrincante cultural y una de sus imágenes más profundas y repetidas de lo Otro”.
Las grandes metrópolis europeas, en especial Londres y París, tienen motivos económicos suficientes para interesarse por todo aquello que afecte a sus colonias. Pero si además “a lo largo de muchas décadas” han conseguido impregnar su influencia cultural y lingüística como es el caso de la cultura francesa en la aristocracia rusa o la inglesa en Egipto o la India, es fácil suponer el interés de los europeos por todo lo que provenga de Oriente.
La traducción de diecisiete volúmenes de las Mil y una noches que realizó Richard F. Burton entre 1883 y 1888 supuso la edición de multitud de publicaciones que tenían como leitmotiv los argumentos de estos cuentos árabes del Oriente Medio medieval.
Schéhérazade destaca por la influencia que esta obra tuvo en la moda europea. Se estrenó el 4 de junio de 1910 en la Ópera Garnier de París, Mijaíl Fokin se encargó de la coreografía y Lev Bakst diseñó decorados y vestuario.
Esta obra supuso uno de los mayores éxitos de los Ballets Rusos. Diáguilev cuidó como empresario todos los detalles, Bakst pudo diseñar con absoluta libertad y su trabajo influyó en un amplio sector de la sociedad europea occidental.
Como manifiesta Cyril Beaumont, crítico e historiador de la danza, “… los que no vivieron en los maravillosos años anteriores a la Primera Guerra Mundial no pueden imaginarse la inmensa influencia ejercida por Bakst cuyo nombre estaba en boca de todos”.
Uno de los artistas más influenciados por la obra de Bakst fue Demetre Chiparus, cuyas esculturas criselefantinas se pueden ver en esta exposición y que han quedado como uno de los exponentes más representativos del Art Déco.
Los europeos se sentían atraídos por estas historias y por la descripción, algo distorsionada, que se hacía de países como India, Persia, Siria, China y Egipto. En Viena floreció, a principios del siglo XX, una producción de bronces policromados realizados de forma artesanal que representaban tiendas árabes, mercados de animales exóticos o cazadores de leones montados en camellos.

Otro de los aspectos destacados es la estrecha relación de estos espectáculos con la tradición y la cultura rusa. No debemos olvidar que la estructura medieval que ligaba a los campesinos a la tierra como siervos de la gleba no desaparece hasta bien entrado el siglo XIX con la reforma agraria de 1861 que abolió la servidumbre.
Así, mientras en Europa la inspiración se buscaba en los primitivos foráneos, los artistas rusos solo tenían que mirar a su alrededor para plasmar en sus creaciones la riqueza del folclore rural.
La obra de Roerich o Goncharova es buen ejemplo de ello. Parten de un profundo conocimiento intelectualizado de la cultura y la tradición rusa pero la reinterpretan desde un punto de vista de vanguardia.
En la escenografía diseñada por Goncharova para Le Coq d’or podemos apreciar la influencia de los tonos rojos y amarillos característicos de los iconos rusos, mientras que en las escenografias de Vrubel o los hermanos Vasnetsov, también presentes en la exposición, las leyendas rusas se representan desde una visión decimonónica, casi etnográfica, siguiendo las enseñanzas de la Academia de Bellas Artes.
La danza rusa del siglo XIX se había formado bajo la influencia de tres personalidades extranjeras: el francés Marius Petipa, el sueco Christian Johannsen y el italiano Enrico Cecchetti. La aportación de estos tres extranjeros definieron los ballets de los Teatros Imperiales que se caracterizaban por la gracia y exactitud (técnica) francesa, la agilidad y destreza italiana y el temperamento y la destreza física de los rusos, pero era necesario que se dieran unas circunstancias especiales para que se produjera el encuentro de un conjunto de artistas excepcionales que es difícil que se vuelva a repetir en la historia de la danza. Diaghilev fue el encargado de reunir a este extraordinario grupo.
Así, Lev Bakst y Alexander Benois entre otros, crearon la revista Mir iskusstva «“El mundo del arte”», que tenía como objetivo promover el Art Nouveau en Rusia. Benois que había sido director escénico del Teatro Marinski y Bakst, que además de escenógrafo era pintor y decorador, formaron la base del lanzamiento de los Ballets Rusos en Europa. Se añadió a este grupo Mijaíl Fokin, bailarín y coreografo que se había formado en la escuela de ballet del Teatro Imperial Marinski de San Petesburgo y que en 1909 pasaría a formar parte de los Ballets Rusos como coreógrafo principal, además de los mejores bailarines formados en el Marinski: Anna Pávlova, Tamara Karsávina, Vaslav Nizhinski o Sergéi Legat.

Señalar a todos los integrantes de la troupe de Diáguilev sería largo y desbordaría la pretensión de esta introducción al igual que intentar un acercamiento a la figura de Diáguilev, cuestión que ya ha sido ampliamente tratada en numerosas publicaciones.


 Diaghilev
Nació en Sélischi (Nóvgorod gubernia), Rusia, en una familia acaudalada y estudió leyes en la universidad. En la niñez vivía en la ciudad de Perm donde trabajaba su padre. Hoy en la casa donde vivió la familia de Diáguilev está situado el colegio que tiene su nombre. Hizo incursiones en pintura, canto y música.
En 1905, organizó una exposición de retratos rusos en San Petersburgo, y el año siguiente montó una exposición de arte ruso en el Petit Palais de París. Este sería el inicio de una larga relación con Francia. En 1907 presentó cinco conciertos de música rusa en París, y en 1908 se encargó de la producción de Borís Godunov (ópera), en la Ópera de París, con Fiódor Chaliapin en el papel principal.

Esto conllevó a una nueva invitación para regresar el siguiente año con ballet y ópera, y así fundar sus famosos Ballets Rusos. La compañía incluía los mejores bailarines y bailarinas de Rusia, entre los cuáles se encontraban Anna Pávlova y Vátslav Nizhinski. Su primera presentación, el 19 de mayo de 1909, fue todo un éxito. En el futuro la compañía aglutinaría a figuras como George Balanchine, Karsávina, Nizhinska y Nijinski entre otros.
  Anna Pávlova 

Durante estos años las representaciones de Diáguilev incluían obras compuestas por Nikolái Rimsky-Kórsakov, tal como las óperas Pskovitiana (Pskovitianka,Maid of Pskov), Noche de mayo (May Night), y Gallito de oro (Zolotói petushok, The Golden Cockerel). Su adaptación de la suite orquestal Schéhérazade, escenificada en 1910, encendió la ira de la viuda del compositor, Nadezhda Rímskaya-Kórsakova, quien protestó en sendas cartas abiertas dirigidas al empresario y publicadas por el diario Rec.
Diáguilev también encargó música para ballet de compositores de la talla de Claude Debussy (Jeux, 1913), Maurice Ravel (Daphnis et Chloé, 1912), Erik Satie (Parade, 1917), Richard Strauss (Josephs-Legende, 1914), Sergéi Prokófiev (Ala y Lolly, rechazada por Diáguilev y convertida posteriormente en la Scythian Suite, y Chout, 1915), Ottorino Respighi (La Boutique Fantasque, 1918), Francis Poulenc (Les Biches, 1923), Manuel de Falla con El Sombrero de Tres Picos, entre otros. Su coreógrafo Mijaíl Fokín también hizo adaptaciones de la música para ballet. Diáguilev también trabajó con el bailarín y profesor de ballet Leonid Miasin (Leonid Massine).
El director artístico de los Ballets Rusos fue Léon Bakst, que trabajaba en conexión con Diáguilev desde 1898, cuando el empresario y Alexandre Benois fundaron el grupo avant-garde Mir Iskusstva. Juntos desarrollaron una forma de ballet complicada, con elementos vistosos, que intentaba llamar la atención del público en general, y no sólo de la aristocracia. El encanto exótico de los Ballets Rusos, tuvo efecto en los pintores fauvistas y el recién nacido estilo art déco.
Quizás el compositor que colaboró más notablemente con Diágilev fue Ígor Stravinski. El empresario quedó impresionado con algunas de sus primeras obras orquestales, como Fireworks y Scherzo Fantastique, lo cual le llevó a pedir a Stravinski arreglos sobre piezas de Chopin para sus ballets. En 1910, le encargó la composición de El pájaro de fuego, y luego Petrushka (1911) y La consagración de la primavera (1913), Pulcinella (1920) y Les Noces (1923).
Diáguilev produjo La bella durmiente del bosque de Chaikovski en Londres en 1921; a pesar de tener una buena recepción por parte del público, no fue un éxito financiero. Durante sus últimos años los Ballets Rusos fueron considerados frecuentemenete como algo demasiado intelectual, estilizado, y en pocas ocasiones lograron el mismo éxito que en sus primeras representaciones.
Diáguilev era abiertamente homosexual. Tuvo relaciones (a menudo tempestuosas) con Serge Lifar, Leonid Miasin, Antón Dolin, Borís Kojno o Vaslav Nijinski (esta última fue la más conocida).

Vaslav Nijinski

Murió en el Grand Hotel des Bains de Mer del Lido de Venecia en 1929 siendo enterrado en las cercana isla de San Michele. Tres semanas después su hermanastro Valentín era ejecutado en el primer campo de concentración soviético.